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Cumpleaños de lujo
Mamá: —Carmen, ¿qué quieres para tu cumpleaños?
Carmen: —Pues a mí me gustaría ir a un hotel de lujo con spa, que no esté muy lejos. No me gusta viajar muy lejos, me cansa el viaje y me mareo.
Papá: —Vaya con la señorita… Pues que nos dejen ir a un spa con niños ya va a ser muy difícil, y si además añades que no esté muy lejos, no sé yo.
Mamá: —No te preocupes, Carmen, ya veré qué puedo hacer.
Carmen: —¡Gracias!
Dos días después…
Mamá: —Carmen, ya tengo el hotel donde vamos a ir. Solo está a unos 45 minutos en coche y te dejarán a ti y a tu hermana venir con nosotros al spa. ¿Te parece bien?
Carmen: —¡Me parece estupendo! ¡Gracias! ¡Os amo!
Papá: —A esta mujer no hay nada que se le resista.
Mamá: —Ya te digo… No te resististe ni tú. Eso sí, tú te encargas de buscar algo para hacer todos juntos antes del hotel y del spa.
Papá: —No te preocupes, yo me encargo.
El día del cumpleaños, la familia llega a Alcossebre temprano por la mañana.
Carmen: —¡Ya hemos llegado! ¡Qué bonito es todo!
Mamá: —Mira el mar, Carmen, hoy está precioso.
Papá: —Y lo mejor aún está por venir. Antes del hotel os he preparado una sorpresa.
Carmen: —¿Una sorpresa? ¿Qué es?
Papá: —Vamos a ir a ver el castillo de Xivert.
Aparcan el coche cerca de la Serra d’Irta. El aire huele a pinos y a tierra caliente. El camino es de color rojizo y está rodeado de arbustos, montañas suaves y árboles que parecen dibujados por el viento. En lo alto, el castillo de Xivert se recorta contra el cielo, como si vigilara todo el paisaje.
Empiezan a caminar tranquilamente.
Mamá: —Qué lugar tan especial…
Carmen: —Sí, pero… ¿por qué el castillo está tan lejos?
Papá (sonriendo): —Porque vamos a llegar andando, haciendo senderismo.
Carmen: —¿Senderismo?
Papá: —Cuatro kilómetros hasta el castillo y luego otros cuatro de vuelta.
De pronto, la hermana mayor se detiene de golpe.
Hermana: —¡Puaj! ¡Qué asco! ¿Habéis visto eso?
En el suelo, cruzando el camino en fila india, avanzan unas orugas procesionarias.
Carmen: —¡Qué chulas! Van todas juntas.
Hermana: —¡No son chulas, dan muchísimo asco!
Papá: —Son orugas procesionarias. Caminan así, una detrás de otra, como si hicieran una procesión.
Mamá: —Y aunque parecen tranquilas, no se pueden tocar. Tienen unos pelitos que pueden picar y hacer daño.
Carmen: —¿De verdad?
Papá: —Sí, por eso siempre hay que mirarlas desde lejos.
Mamá: —Luego se convierten en mariposas, pero ahora viven en los pinos de esta zona.
Carmen (mirándolas con atención): —Me parecen muy interesantes.
Hermana: —Pues a mí me siguen dando asco.
Siguen caminando un poco más, pero Carmen empieza a ir más despacio.
Carmen: —Papá… es muy lejos.
Papá: —Aún queda un buen tramo.
Carmen: —Es mi cumpleaños, estoy cansada y hoy elijo yo.
Mamá: —Bueno… quizá es verdad que es demasiado largo.
Carmen: —¿Por favor?
El padre suspira y sonríe.
Papá: —Está bien, ganaste. Vuelvo a por el coche.
Esta vez aparcan mucho más cerca y solo quedan dos kilómetros de paseo.
Carmen: —Así sí me gusta.
Papá: —Eres toda una negociadora.
Carmen (riendo): —Es que hay que saber elegir.
Llegan al castillo. Las piedras antiguas, las murallas y las vistas de la Serra d’Irta y el mar les dejan sin palabras.
Carmen: —Es precioso.
Papá: —Lo es. Y ahora sí, vamos al hotel.
Ese día disfrutan del spa, del agua calentita y de una habitación cómoda donde celebran el cumpleaños como Carmen había soñado.
A la mañana siguiente, ya de vuelta a casa, el padre rompe el silencio en el coche.
Papá: —Carmen, dime una cosa.
Carmen: —¿Qué pasa?
Papá: —El año que viene, ¿qué querrás hacer por tu cumpleaños?
Carmen (sin dudar): —Repetirlo todo exactamente igual.
La madre sonríe desde el asiento de delante.
Mamá: —No te preocupes, yo me encargo.
El padre la mira con cara de embobado y susurra:
Papá: —Irresistible.
Carmen: —Pues a mí me gustaría ir a un hotel de lujo con spa, que no esté muy lejos. No me gusta viajar muy lejos, me cansa el viaje y me mareo.
Papá: —Vaya con la señorita… Pues que nos dejen ir a un spa con niños ya va a ser muy difícil, y si además añades que no esté muy lejos, no sé yo.
Mamá: —No te preocupes, Carmen, ya veré qué puedo hacer.
Carmen: —¡Gracias!
Dos días después…
Mamá: —Carmen, ya tengo el hotel donde vamos a ir. Solo está a unos 45 minutos en coche y te dejarán a ti y a tu hermana venir con nosotros al spa. ¿Te parece bien?
Carmen: —¡Me parece estupendo! ¡Gracias! ¡Os amo!
Papá: —A esta mujer no hay nada que se le resista.
Mamá: —Ya te digo… No te resististe ni tú. Eso sí, tú te encargas de buscar algo para hacer todos juntos antes del hotel y del spa.
Papá: —No te preocupes, yo me encargo.
El día del cumpleaños, la familia llega a Alcossebre temprano por la mañana.
Carmen: —¡Ya hemos llegado! ¡Qué bonito es todo!
Mamá: —Mira el mar, Carmen, hoy está precioso.
Papá: —Y lo mejor aún está por venir. Antes del hotel os he preparado una sorpresa.
Carmen: —¿Una sorpresa? ¿Qué es?
Papá: —Vamos a ir a ver el castillo de Xivert.
Aparcan el coche cerca de la Serra d’Irta. El aire huele a pinos y a tierra caliente. El camino es de color rojizo y está rodeado de arbustos, montañas suaves y árboles que parecen dibujados por el viento. En lo alto, el castillo de Xivert se recorta contra el cielo, como si vigilara todo el paisaje.
Empiezan a caminar tranquilamente.
Mamá: —Qué lugar tan especial…
Carmen: —Sí, pero… ¿por qué el castillo está tan lejos?
Papá (sonriendo): —Porque vamos a llegar andando, haciendo senderismo.
Carmen: —¿Senderismo?
Papá: —Cuatro kilómetros hasta el castillo y luego otros cuatro de vuelta.
De pronto, la hermana mayor se detiene de golpe.
Hermana: —¡Puaj! ¡Qué asco! ¿Habéis visto eso?
En el suelo, cruzando el camino en fila india, avanzan unas orugas procesionarias.
Carmen: —¡Qué chulas! Van todas juntas.
Hermana: —¡No son chulas, dan muchísimo asco!
Papá: —Son orugas procesionarias. Caminan así, una detrás de otra, como si hicieran una procesión.
Mamá: —Y aunque parecen tranquilas, no se pueden tocar. Tienen unos pelitos que pueden picar y hacer daño.
Carmen: —¿De verdad?
Papá: —Sí, por eso siempre hay que mirarlas desde lejos.
Mamá: —Luego se convierten en mariposas, pero ahora viven en los pinos de esta zona.
Carmen (mirándolas con atención): —Me parecen muy interesantes.
Hermana: —Pues a mí me siguen dando asco.
Siguen caminando un poco más, pero Carmen empieza a ir más despacio.
Carmen: —Papá… es muy lejos.
Papá: —Aún queda un buen tramo.
Carmen: —Es mi cumpleaños, estoy cansada y hoy elijo yo.
Mamá: —Bueno… quizá es verdad que es demasiado largo.
Carmen: —¿Por favor?
El padre suspira y sonríe.
Papá: —Está bien, ganaste. Vuelvo a por el coche.
Esta vez aparcan mucho más cerca y solo quedan dos kilómetros de paseo.
Carmen: —Así sí me gusta.
Papá: —Eres toda una negociadora.
Carmen (riendo): —Es que hay que saber elegir.
Llegan al castillo. Las piedras antiguas, las murallas y las vistas de la Serra d’Irta y el mar les dejan sin palabras.
Carmen: —Es precioso.
Papá: —Lo es. Y ahora sí, vamos al hotel.
Ese día disfrutan del spa, del agua calentita y de una habitación cómoda donde celebran el cumpleaños como Carmen había soñado.
A la mañana siguiente, ya de vuelta a casa, el padre rompe el silencio en el coche.
Papá: —Carmen, dime una cosa.
Carmen: —¿Qué pasa?
Papá: —El año que viene, ¿qué querrás hacer por tu cumpleaños?
Carmen (sin dudar): —Repetirlo todo exactamente igual.
La madre sonríe desde el asiento de delante.
Mamá: —No te preocupes, yo me encargo.
El padre la mira con cara de embobado y susurra:
Papá: —Irresistible.