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Cumpleaños de lujo
—Carmen —le preguntó su madre—, ¿qué quieres para tu cumpleaños?
La niña lo tuvo claro desde el primer momento.
—Pues a mí me gustaría ir a un hotel de lujo con spa, que no esté muy lejos. No me gusta viajar mucho, me cansa el viaje y me mareo.
El padre arqueó una ceja y sonrió.
—Vaya con la señorita… Que nos dejen ir a un spa con niños ya va a ser difícil, y si además tiene que estar cerca, no sé yo.
—No te preocupes —dijo la madre con calma—, ya veré qué puedo hacer.
—¡Gracias! —respondió Carmen, dando un pequeño salto de alegría.
Dos días después, la madre apareció con una sonrisa misteriosa.
—Carmen, ya tengo el hotel donde vamos a ir. Está a unos cuarenta y cinco minutos en coche y os dejarán a ti y a tu hermana venir con nosotros al spa. ¿Te parece bien?
—¡Me parece estupendo! ¡Gracias! ¡Os amo! —exclamó Carmen.
—A esta mujer no hay nada que se le resista —murmuró el padre, negando con la cabeza.
—Ya te digo… —respondió ella—. No te resististe ni tú. Eso sí, ahora te toca a ti buscar algo para hacer todos juntos antes del hotel y del spa.
—No te preocupes, yo me encargo.
El día del cumpleaños, la familia llegó a Alcossebre temprano por la mañana.
—¡Ya hemos llegado! ¡Qué bonito es todo! —dijo Carmen, mirando a su alrededor.
—Mira el mar —le señaló su madre—, hoy está precioso.
—Y lo mejor aún está por venir —añadió el padre—. Antes del hotel os he preparado una sorpresa.
—¿Una sorpresa? ¿Qué es?
—Vamos a ir a ver el castillo de Xivert.
Aparcaron cerca de la Serra d’Irta. El aire olía a pinos y a tierra caliente. El camino, de un color rojizo, serpenteaba entre arbustos y montañas suaves, y en lo alto el castillo se recortaba contra el cielo, como si vigilara todo el paisaje.
Mientras caminaban, la madre suspiró.
—Qué lugar tan especial…
—Sí, pero… —dijo Carmen—, ¿por qué el castillo está tan lejos?
El padre sonrió.
—Porque vamos a llegar andando, haciendo senderismo.
—¿Senderismo?
—Cuatro kilómetros hasta el castillo y otros cuatro de vuelta.
De pronto, la hermana mayor se detuvo en seco.
—¡Puaj! ¡Qué asco! ¿Habéis visto eso?
En el suelo, cruzando el camino en fila india, avanzaban unas orugas procesionarias.
—¡Qué chulas! —dijo Carmen—. Van todas juntas.
—No son chulas, dan muchísimo asco —protestó su hermana.
—Son orugas procesionarias —explicó el padre—. Caminan así, una detrás de otra, como si hicieran una procesión.
—Y aunque parecen tranquilas, no se pueden tocar —añadió la madre—. Tienen unos pelitos que pueden picar y hacer daño.
—¿De verdad? —preguntó Carmen, sorprendida.
—Sí, por eso siempre hay que mirarlas desde lejos.
—Luego se convierten en mariposas —continuó la madre—, pero ahora viven en los pinos de esta zona.
Carmen las observó con atención.
—Me parecen muy interesantes.
—Pues a mí me siguen dando asco —insistió la hermana mayor.
Caminaron un poco más, pero Carmen empezó a ir más despacio.
—Papá… es muy lejos.
—Aún queda un buen tramo.
—Es mi cumpleaños, estoy cansada y hoy elijo yo.
—Bueno… —intervino la madre—, quizá sí que es demasiado largo.
—¿Por favor?
El padre suspiró y sonrió.
—Está bien, ganaste. Vuelvo a por el coche.
Esta vez aparcaron mucho más cerca y solo quedaron dos kilómetros de paseo.
—Así sí me gusta —dijo Carmen.
—Eres toda una negociadora.
—Es que hay que saber elegir —respondió ella, riendo.
Cuando llegaron al castillo, las piedras antiguas, las murallas y las vistas de la Serra d’Irta y el mar los dejaron sin palabras.
—Es precioso —susurró Carmen.
—Lo es —asintió el padre—. Y ahora sí, vamos al hotel.
Ese día disfrutaron del spa, del agua calentita y de una habitación cómoda donde celebraron el cumpleaños como Carmen había soñado.
A la mañana siguiente, ya de vuelta a casa, el padre rompió el silencio del coche.
—Carmen, dime una cosa.
—¿Qué pasa?
—El año que viene, ¿qué querrás hacer por tu cumpleaños?
—Repetirlo todo exactamente igual —respondió sin dudar.
La madre sonrió desde el asiento de delante.
—No te preocupes, yo me encargo.
El padre la miró con cara de embobado y susurró:
—Irresistible.
La niña lo tuvo claro desde el primer momento.
—Pues a mí me gustaría ir a un hotel de lujo con spa, que no esté muy lejos. No me gusta viajar mucho, me cansa el viaje y me mareo.
El padre arqueó una ceja y sonrió.
—Vaya con la señorita… Que nos dejen ir a un spa con niños ya va a ser difícil, y si además tiene que estar cerca, no sé yo.
—No te preocupes —dijo la madre con calma—, ya veré qué puedo hacer.
—¡Gracias! —respondió Carmen, dando un pequeño salto de alegría.
Dos días después, la madre apareció con una sonrisa misteriosa.
—Carmen, ya tengo el hotel donde vamos a ir. Está a unos cuarenta y cinco minutos en coche y os dejarán a ti y a tu hermana venir con nosotros al spa. ¿Te parece bien?
—¡Me parece estupendo! ¡Gracias! ¡Os amo! —exclamó Carmen.
—A esta mujer no hay nada que se le resista —murmuró el padre, negando con la cabeza.
—Ya te digo… —respondió ella—. No te resististe ni tú. Eso sí, ahora te toca a ti buscar algo para hacer todos juntos antes del hotel y del spa.
—No te preocupes, yo me encargo.
El día del cumpleaños, la familia llegó a Alcossebre temprano por la mañana.
—¡Ya hemos llegado! ¡Qué bonito es todo! —dijo Carmen, mirando a su alrededor.
—Mira el mar —le señaló su madre—, hoy está precioso.
—Y lo mejor aún está por venir —añadió el padre—. Antes del hotel os he preparado una sorpresa.
—¿Una sorpresa? ¿Qué es?
—Vamos a ir a ver el castillo de Xivert.
Aparcaron cerca de la Serra d’Irta. El aire olía a pinos y a tierra caliente. El camino, de un color rojizo, serpenteaba entre arbustos y montañas suaves, y en lo alto el castillo se recortaba contra el cielo, como si vigilara todo el paisaje.
Mientras caminaban, la madre suspiró.
—Qué lugar tan especial…
—Sí, pero… —dijo Carmen—, ¿por qué el castillo está tan lejos?
El padre sonrió.
—Porque vamos a llegar andando, haciendo senderismo.
—¿Senderismo?
—Cuatro kilómetros hasta el castillo y otros cuatro de vuelta.
De pronto, la hermana mayor se detuvo en seco.
—¡Puaj! ¡Qué asco! ¿Habéis visto eso?
En el suelo, cruzando el camino en fila india, avanzaban unas orugas procesionarias.
—¡Qué chulas! —dijo Carmen—. Van todas juntas.
—No son chulas, dan muchísimo asco —protestó su hermana.
—Son orugas procesionarias —explicó el padre—. Caminan así, una detrás de otra, como si hicieran una procesión.
—Y aunque parecen tranquilas, no se pueden tocar —añadió la madre—. Tienen unos pelitos que pueden picar y hacer daño.
—¿De verdad? —preguntó Carmen, sorprendida.
—Sí, por eso siempre hay que mirarlas desde lejos.
—Luego se convierten en mariposas —continuó la madre—, pero ahora viven en los pinos de esta zona.
Carmen las observó con atención.
—Me parecen muy interesantes.
—Pues a mí me siguen dando asco —insistió la hermana mayor.
Caminaron un poco más, pero Carmen empezó a ir más despacio.
—Papá… es muy lejos.
—Aún queda un buen tramo.
—Es mi cumpleaños, estoy cansada y hoy elijo yo.
—Bueno… —intervino la madre—, quizá sí que es demasiado largo.
—¿Por favor?
El padre suspiró y sonrió.
—Está bien, ganaste. Vuelvo a por el coche.
Esta vez aparcaron mucho más cerca y solo quedaron dos kilómetros de paseo.
—Así sí me gusta —dijo Carmen.
—Eres toda una negociadora.
—Es que hay que saber elegir —respondió ella, riendo.
Cuando llegaron al castillo, las piedras antiguas, las murallas y las vistas de la Serra d’Irta y el mar los dejaron sin palabras.
—Es precioso —susurró Carmen.
—Lo es —asintió el padre—. Y ahora sí, vamos al hotel.
Ese día disfrutaron del spa, del agua calentita y de una habitación cómoda donde celebraron el cumpleaños como Carmen había soñado.
A la mañana siguiente, ya de vuelta a casa, el padre rompió el silencio del coche.
—Carmen, dime una cosa.
—¿Qué pasa?
—El año que viene, ¿qué querrás hacer por tu cumpleaños?
—Repetirlo todo exactamente igual —respondió sin dudar.
La madre sonrió desde el asiento de delante.
—No te preocupes, yo me encargo.
El padre la miró con cara de embobado y susurró:
—Irresistible.